Esta semana un alma más ha escapado por la noche al cielo. La madrugada del pasado martes Dios ha llamado a una mejor vida, a una vida eterna a un hombre que no llega al centenar de años. Ha abandonado esta vida en la que se confunde sueño y realidad, y donde los sentidos ofrecen el mayor placer para reunirse con tantas personas que desfilaron hacia ese mundo desconocido llenos de gozo y sin dudar tiempo atrás.
Para los que nos quedamos aquí es más complicado aceptar esto, porque para nosotros es una pérdida, pero yo creo que es una pausa en el camino juntos, como si ese ser querido se fuese directamente a casa y nosotros continuaramos el paseo, pero sabiendo que dormiremos en camas contiguas. Lloramos de tristeza, paradojicamente, sin darnos cuenta que ha pasado a una vida mejor. Cuesta encajar los golpes, pero la realidad es que en ese hueco en el que nadie puede afirmar con certeza que hay más allá del que se nos pare el corazón, lo mejor es agarrarnos a la creencia de que Dios lo ha querido así y que le acoge dandole el calor que ha perdido al perder la vida.
Sin embargo, el dolor es el dolor , aunque nosotros seamos los que elegimos sufrirlo. El mejor antídoto para estas situaciones es no olvidarle nunca, porque aunque no le veamos él esta en cada manía, en cada tradición, en su canción favorita, en cada acontecimiento futuro...
Ahora, el siguiente paso es avanzar y de vez en cuando mirar las pisadas que dejaron huella en la arena y sentir las que dejaron en el corazón.
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