Somos seres sociales por naturaleza. Grandes pensadores aseguran que la felicidad solo la podemos encontrar cuando vivimos en comunidad, convirtiendo a esta en un fin, o que nosotros mismos a través de un contrato nos juntamos porque es la mejor opción para desarrollar nuestra libertad sin problemas. Sin embargo, estos grandes pensadores no trataron la convivencia. La convivencia de forma teórica es perfecta, todos tenemos derecho a pensar pero es lo que elegimos la mayoría por lo que nos tenemos que regir, y de esta forma no hay violencia si no nos oprimimos unos a otros. Cuando tratas a una persona de forma humana, con todo lo que supone (emociones, ideologías...) nos damos cuenta que es algo más. Las personas crean en nosotros unos sentimientos de aprobación o reprobación (dependiendo de sus actos y de su forma de ser). ¿Qué pasa cuando el sentimiento de reprobación surge de alguien que te importa? ¿o surge de ti hacia ti mismo? Pues bien, te sientes una mierda, porque lo poco que tienes lo destruyes con más facilidad que con la que lo has creado. Empieza con la decepción y como un cáncer se va a extendiendo por todo el cuerpo hasta que todos los buenos recuerdos se nublan y se convierten en bonitos momentos tintados de negro, que te impiden recordarlos.
Primero decepcionas a otra persona e inmediatamente te decepcionas a ti mismo y el remedio se convierte en peor que la enfermedad. Una vez que metes la pata, hasta que el tiempo pasa, es complicado sacarla, pero ¿qué pasa cuando el tiempo es el problema?
La solución no es no equivocarse, porque es inviable, sino intentar dar lo mejor de ti todos los días por si finalmente algo sale mal, tener la conciencia tranquila sin perder las ganas de volverlo a intentar.
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