domingo, 19 de mayo de 2013

Llevo una hora de pie, me duelen las plantas de los pies y los riñones. Todo hay que decirlo, he elegido un mal día para ponerme estos zapatos, pero dicen que sin sufrimiento, no hay gloria.
Comienza a levantarse una ola de aire frío, me roza la cara como 100 cuchillos afilados, pero me aguanto. El sitio merece la pena y la ocasión lo requiere. Hay un murmullo al que me sumo en cuanto Carlos llega y se sienta a mi lado, es su primera vez, le he invitado porque se que le encantan estas cosas y así aprovechaba y me hacía compañía. Estaba muy nervioso, ayer estuvo un buen rato pensando en que debía ponerse, como tenía que comportarse, que debía hacer... yo le dije que se relajara y que disfrutara el momento, pero no se lo aplicó, porque se esta mordiendo las uñas. Hacemos unos ejercicios de respiración que aprendí en un cursillo de primeros auxilios y parece que funciona, esta mas calmado, su cuerpo se destensa y vuelve a sonreir de manera habitual.
Todavía sigue llegando gente, nosotros llegamos a primera hora para coger buen sitio, aunque después de 16 años ya me he ganado un lugar privilegiado, así que en el fondo el madrugón no ha servido de mucho. Ni a mi ni a la mujer de atrás, que nos empieza a chistar. Debe sentar mal llegar temprano para ponerse en primera fila y que lleguen dos jovencitos y se coloque delante. Pero como ya he dicho, me lo he ganado.

Es extraño, pero el acto se esta retrasando. Ya no tenemos una hora de referencia, esto es un caos. Los niños pequeños se han cansado y estan correteando por el patio. Entonces suena un pitido de trompeta que retumba entre las cuatro paredes del inmenso lugar en el que estamos. Los niños se callan y regresan al lado de sus madres, los mayores se levantan, el murmullo cesa.
Entra un soldado corriendo y con voz fuerte grita : 'Permiso para que entre la tropa'
Se dirige al coronel, un hombre que infunde respeto y al que admiro. Este contesta: 'Permiso concedido'
Lo dice sin duda ni detenimiento, con firmeza, un gran orador.
Comienza a llenarse de gente, hombrecillos vestidos de verde, con la mirada fijada en el cielo. Entran al ritmo de los tambores, la tromba, los oboes... Una banda en toda regla. Es espectacular porque a la vez que tocan esa canción tan pegadiza, van corriendo.
Todos se colocan en sus posiciones, acordadas con anterioridad y vuelve a tornarse todo al silencio.

En ese gran patio de armas, anuncian con una timida trompetilla la entrada de la bandera, símbolo nacional. Ahora sí, todos nos ponemos de pie y comienzan las primeras notas del himno. Un himno sin letra pero lleno de significado. Todos parecen orgullosos, la bandera comienza a subir hasta llegar a lo mas alto. Parece que roza el cielo, la gloria. Se respira el poderío.

Miro a Carlos, entre todos parece el más recto y el más sentido ante ese símbolo. Acaba la melodía de nuestra patria y volvemos a sentarnos.
Se desarrolla el acto según lo previsto, sin novedades. Carlos no pierde detalle y fotografía todo.
 Entonces llega, para mi gusto, el momento más emotivo de todos, el que hace que se me encoja el corazón: El acto a los Caidos. Vuelve  a sonar la trompeta, pero es un sonido más solemne. Los soldados entonan al unísono la letra que así dice:

Lo demandó el honor y obedecieron,
lo requirió el deber y lo acataron;
con su sangre la empresa rubricaron
con su esfuerzo la Patria engrandecieron.Fueron grandes y fuertes, porque fueron
fieles al juramento que empeñaron.
Por eso como valientes lucharon,
y como héroes murieron.
Por la Patria morir fue su destino,
querer a España su pasión eterna,
servir en los Ejércitos su vocación y sino.
No quisieron servir a otra Bandera,
no quisieron andar otro camino,
no supieron morir de otra manera.

Esa sensación vuelve a mi, un escalofrío me recorre toda la espalda, los pelos se me ponen como escarpias. Parece mentira que después de 16 años me siga ocurriendo lo mismo. Dos soldados dejan la corona de flores en el monumento que hay en medio del patio. Se palpa los pensamientos que han empezado a aflorar a raíz del momento: todos pensamos en un conocido, que fue y no volvió, que arriesgó su vida quizás por una guerra que no era la suya, pero que creía en el poder de la fraternidad y de la paz, por lo que entró en la Academia sin saber que acabaría por ella.
Me giro hacia atrás y veo a esa mujer, que va a todos los actos, que entona todos los himnos como un soldado más. Su historia es como la de muchas otras viudas de militares, el amor las llamo a ese hombre que a su vez fue llamado por la muerte y el encantado la recibió, incomprensible para cualquiera pero acatado y respetado por nosotros, que de forma indirecta formamos el Ejército.
Pasos altos, firmes que glorifican, que rememoran y que consuelan.

El acto llega a su fin, pero antes de irnos no falla, el Himno de La Infantería que entono al unísono del batallón que mi padre dirige.


Ardor guerrero vibre en nuestras voces y de amor patrio henchido el corazón entonemos el himno Sacrosanto del deber, de la Patria y del Honor ¡Honor!
 

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